Aparentemente, hemos llegado al final.
No hay solución.
Podríamos retrasar el colapso de todos los sistemas (una o dos décadas), si adoptamos una solución leonina.
- Se pone fin inmediatamente a todas las guerras.
- Se alcanza un acuerdo universal de decrecimiento, minimizando el uso de energía y materias primas, con prioridad para el mantenimiento de los sistema esenciales.
- Se potencia el uso masivo del reciclaje y la mejora de la eficiencia.
- Se eliminan todo aquel uso de energía en sistemas no esenciales.
- Se ajusta el abuso de la deuda, equilibrando los presupuestos.
- Se prioriza la inversión en sistemas esenciales, al tiempo que se discrimina la financiación de sistemas lúdicos o turísticos.
- Se racionaliza el sector primario (agricultura, ganadería, pesca y silvicultura).
...
La lista de tareas es de puro sentido común y no necesita una serie exhaustiva de medidas.
Si no se hace esto, y la tendencia sigue como hasta ahora, el colapso no solo es inevitable sino que llegará mucho antes de lo esperado y con consecuencias muy superiores a cualquier desastre conocido.
El grado de deterioro de los sistemas en general, la complejidad insostenible, el avanzado agotamiento de los recursos, la prolongada reducción de inventarios, el nivel de deuda mundial y su peligrosa tendencia hacia la retroalimentación positiva (mediante el incremento de gastos financieros, que aumentan el déficit y la deuda y presionan sobre los tipos de interés, reanudando la acumulación sobre la cantidad de deuda total), contribuyen en su conjunto a una insostenibilidad de la estructura económica-energética que sostiene a la humanidad.
Estamos inmersos en una situación tal, que la cantidad de variables que pueden explotar es inmanejable. Basta con que alguna de ellas sea incontrolable, para que el resto se vean afectadas en cadena por la ignición de un problema inicialmente poco importante.
En 2008, el sistema se rompió por completo y hemos creído que se podía mantener en funcionamiento si engrasábamos la maquinaria del sistema financiero, para evitar un colapso como el de 1929. Bernanke, el gran estudioso de aquella época, dictaminó que la solución para evitar otra gran depresión era surtir de liquidez sin límite al sistema financiero.
La sincronización alrededor del mundo ha permitido eludir la devaluaciones competitivas entre monedas, pero al mismo tiempo ha convertido el problema en sistémico. Al involucrar a los BC como el último baluarte defensor del sistema, ha pervertido la reconversión del sistema, impidiendo la crisis que hubiera eliminado el tejido podrido, mientras seleccionaba aquellos sistemas más eficientes.
Ahora, la prolongación durante tantos años de la moral hazard, ha convertido los mercados en junglas de papel, donde la supresión de los tipos de interés, ha potenciado la especulación en busca de una mínima rentabilidad, a costa de un apalancamiento brutal. Y además, al entronizar la noción de "ausencia total de riesgo" ha generado una nuevo "ecosistema" de especulación sin fin, con las sucesivas oleadas de nichos de inversión-especulación. La transición energética, un rearme necesario para mantener las guerras por los recursos, la IA-centros de datos, el mantenimiento del estado del bienestar hasta sus últimas consecuencias, con una demografía perniciosa que empuja a sostener las clases pasivas sin tener un crecimiento en las clases activas, ha creado una burbuja de la deuda que ha alcanzado niveles nunca vistos. Puesto que la burbuja no puede explotar, se ha diseñado un sistema de exceso de liquidez, donde las condiciones financieras nunca han sido tan laxas, permitiendo no solo la prolongación de la burbuja, sino fomentando un crecimiento sin control. La deuda ya no importa, nadie piensa en recortar presupuestos, los déficit públicos se han vuelto perpetuos y nadie, insisto nadie, ha pensado nunca en reconducir el crecimiento de la deuda, entre otras cosas, porque ya no es posible reorganizar el sistema.
Si la deuda se ha vuelta abiertamente impagable, ya solo queda esperar el momento de la explosión supernova, mientras vamos agotando los escasos recursos que nos quedan. Es sorprendente que a los informes de la IEA, advirtiendo de un déficit de cobre en torno al 25% en 2035, nadie haya propuesto una regularización de la oferta-demanda, aunque ello incluya un decrecimiento inevitable. Entonces solo se pretende continuar hasta el infinito y más allá, momento que a la luz de los últimos datos, está mucho más cercano de lo que pensamos.
Es entendible que algunos países, con lógica abrumadora (para ellos , claro), desechen el mantenimiento del vetusto derecho internacional y propugnen sin citarla , la ley del más fuerte. Todo para el ganador, porque evidentemente , no hay para todos. Pero la secuencia vista hasta ahora nos dice que las guerras empiezan , pero ya no terminan. Los países enfrentados consiguen agruparse para resistir mejor y el conflicto se va extendiendo como una balsa de aceite. La proliferación de pequeños y grandes desafíos, ha empezado a conseguir algo increíble, el agotamiento de los sofisticados sistemas de ataque y defensa, con una introducción explosiva de la guerra de los drones, que iguala la contienda por su menor coste. Pero el desgaste económico, energético, armamentístico y sobre todo, social y humano, pasa factura. Y de momento, solo va a peor ...
Desde 2020, asistimos a una cierta incomodidad producto de la sucesión de pequeñas o grandes crisis , que se van sucediendo sin solución de continuidad. La inflación nos reduce el poder adquisitivo, las subida de los tipos encarece el acceso a los créditos, y las rupturas de cadenas de suministro , los aranceles, las sanciones, la escasez incipiente (no solo de materias primas, sino de memorias NAND y RAND, por ejemplo), disminuye la cantidad de mercancías a las que podemos tener acceso, al tiempo que las reiteradas subidas de precios, empobrecen al conjunto de la población. Es una tendencia lenta pero continua, que subvierte la calidad de vida de los países occidentales, y delimita el acceso a bienes esenciales en los países emergentes. En general, todos apreciamos un deterioro progresivo del nivel de vida, sin que eso suponga una advertencia sobre un posible crash. Es la meseta catabólica, donde vamos consumiendo recursos ya no tan abundantes y sobre todo, cada vez más caros.
Algunos empiezan a intuir que el grado de complejidad alcanzado por los sistemas es incompatible con una cierta escasez de recursos. No solo hay limitaciones por cantidad, sino que determinados procesos se encuentran concentrados en algunos países concretos o pertenecen a ciertas corporaciones de gran tamaño. Las necesidades de inversión, la especialización, implica una financiación tan elevada que constituye una enorme barrera de entrada para otros países o empresas. Y esa ausencia de atomización impide diversificar la producción , formando auténticos nichos de mercado que dejan en muy pocas manos, la creación de tecnología imprescindible para la moderna civilización. Por supuesto, la ley de Liebig pende cual espada de Damocles sobre el comercio internacional de muchos subsistemas económicos y energéticos. Es una opción desagradable, la posibilidad de interrupción de alguna cadena fundamental, como consecuencia de esta elevada concentración y especialización, que en cualquier momento, puede desintegrarse con solo una pequeña rotura en uno de los eslabones de la cadena.
Si los suministros ya están afectados de cierta escasez, no digamos la percepción de problemas en los sistemas financieros. Si 2008 compuso una sintonía de disfunciones en los mercados financieros, 2020 ha sido la entrada en la fase final de un sistema sobrecargado de deudas. Al combinar una deuda explosiva, con unos tipos de interés ya muy altos, hemos obtenido una consecuencia dramática, no solo por el grado alcanzado, sino por la preocupante tendencia a romper máximos de otras décadas. Pero esa realimentación proporciona unos gastos financieros tan elevados que contribuyen a la autofagia del sistema. Cada vez los presupuesto deben dedicar más porcentaje a pagar los intereses y queda menos para partidas esenciales, como sanidad, educación o tecnología. Como la tendencia es imparable , cuanto más crece la deuda, más se incrementa la posibilidad de que los inversores exijan más rentabilidad, lo que supone mayores tipos para la deuda y a su vez, mayores pagos financieros, lo que vuelve a incrementar notablemente la deuda, reiniciando el proceso autodestructivo de fuerte incremento de la deuda.
Una mañana, las órdenes de venta de acciones, bonos, materias primas, derivados o lo que sea, amanecerán con una venta desproporcionada. Tras varios intentos de apertura, los mercados se cerrarán en espera de un ajuste que no llegará. El colapso habrá llegado de forma inesperada, cuando todos los inversores pretendan vender sus posesiones al precio que sea, por un pánico fortuito e imparable. Sí, es posible que antes veamos varios episodios de formulación similar, pero resueltos de forma inapelable por los BC, dando la impresión de un sistema resistente. Pero mientras tanto, la confianza en el sistema se irá minando y cuando llegue el momento, esa desconfianza se extenderá sistemáticamente, provocando una catarata de ventas inigualable. Los BC tratarán de emitir cantidades ingentes de dinero, pero el volumen de ventas será esta vez demasiado grande y por fin, tras varios intentos, el sistema colapsará. Lo que venga después es simplemente una cadena de retroalimentaciones , que hará inviable el muro de contención y todo el sistema al completo se derrumbará en pocos días.
No será mañana, pero el momento está cerca y además es completamente irreversible si no se hace inmediatamente lo que digo en la primera sección. Como no es posible, la tendencia natural es avanzar sin pausa hacia ese momento Minsky, que acabará con la civilización actual.
PD. Lo que más rabia me da , es que la gente cree que lo veremos venir, que nos dará tiempo a prepararnos, que será muy lento y sobre todo, que será reversible. El ingenio humano y la extraordinaria capacidad demostrada a lo largo de la humanidad nos hecho excesivamente confiados. Pero un sistema complejo como este, cuando presenta tantas grietas como las que ya podemos apreciar a simple vista, no tiene solución y su destrucción es fulminante, como la rotura de un dique de contención de un pantano. Lo que estamos haciendo (desde 2008) es detectar una grieta, proceder a repararla y seguir como si el pantano fuese indestructible. Pero ahora tenemos cien pequeñas grietas y tres o cuatro grandes grietas. Los ingenieros de la presa ya debería haber advertido a los habitantes situados en el curso de las aguas, sobre la inminencia de la explosión. Nunca se sabe a ciencia cierta cuando ocurrirá, pero el desastre ya es inevitable, aunque tapemos alguna grieta más.
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